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+ Vade Retro Satana, Nunquam Suade Mihi Vana - Sunt Mala Quae Libas, Ipse Venena Bibas

SURGITE - Gacetilla Semanal de Revista Cristiandad.org

 

SURGITE - Gacetilla Semanal de Revista Cristiandad.org

+ Ejus in obitu nro praesentia muniamus

  Edici�n N�mero 7 - A�o I

Sante Michael Archangele, defende nos in proelio; contra nequitiam et insidias diaboli, Revolutionem et malarum inclinationem nostrarum esto praesidium. Imperet illi Deus; supplices deprecamur: tuque, Princeps militiae coelestis, Satanam aliosque spiritus malignos, qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo, divina virtute in infernum detrude. Amen. � GACETA  

  SEMANAL

Martes, 23 de Septiembre de 2003 | Todas las semanas, los d�as martes, Revista Cristiandad.org prepara para usted una cuidadosa selecci�n de material de formaci�n general,

pensado en forma de contenidos breves y de sana doctrina. Surgite! y Revista Cristiandad.org son publicaciones fieles al magisterio tradicional de la Iglesia.

 

 

 

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CONTENIDO DE ESTA EDICI�N

 

 

Nota de la editora

� Fidelidad a costo de vida

 

Milagro de la semana

� Viaje a la Vida Eterna

 

Diccionario cat�lico

� Sedes Titulares

 

Santo de la semana

� San Jos� de Cupertino

 

Cr�tica de Arte

� Lagaan

 

Advocaci�n Mariana

� Nuestra Se�ora de Liesse

 

Herej�a explicada

� Los Iconoclastas

 

Santos desconocidos

� San Adelardo

 

Conocer para opinar

� Proyectando Intolerancia

 

Calendario devocional

� Oraci�n al Glorioso San Miguel

 

Palabra de Santo

� Gran ira es cuando Dios no se a�ra

  

Origen de una Orden

� Orden de la Inmaculada Concepci�n

 

Breves de actualidad

� Lula, ONU y Viaje a Cuba

  

Santuarios

� Nuestro Se�or de la Buena Esperanza

 

Meditaci�n sugerida

 

Gacetillas anteriores
� N�mero 1: Martes 12/08/2003

� N�mero 2: Martes 19/08/2003

� N�mero 3: Martes 26/08/2003

� N�mero 4: Martes 02/09/2003

� N�mero 5: Martes 09/09/2003


� Copyright 2003 por Revista Cristiandad.org. Todos los derechos reservados. Se autoriza la reproducci�n total o parcial de los contenidos de este bolet�n solicit�ndolo por e-mail y citando la fuente.

 

 

 

 ï¿½ NOTA EDITORIAL | �En la Religi�n no hay neutros�

 

 

 

 

LA CONDENA AL LIBERALISMO DEL SIGLO XIX NO HA PERDIDO SU VIGENCIA. Es verdad que los liberales ya no son los de antes, pero el error liberal sigue siendo error como el cat�lico sigue siendo hijo de Dios. Incluso no es menos verdadero que bajo ciertos aspectos la cosa anda tan mal que nos podemos aliar circunstancialmente � y bajo las sabias advertencias de San P�o X- con los liberales, porque en ellos encontraremos firmes defensas de aspectos de la ley natural que se combaten por distintos y siempre crecientes frentes.

 

Pero el problema del liberalismo � padre del modernismo y abuelo del progresismo � persiste. Ayer, como hoy, podemos clasificarlo en tres tipos: el liberalismo fiero o exaltado; el liberalismo manso o conservador moderado y el liberalismo impropiamente llamado as�, que viene a ser aquel �gustillo� u �tufillo� liberal.

 

El liberalismo exaltado tiene la virtud de la franqueza: es enemigo formal y declarado de la Iglesia, del papado y del clero. Es el que se ufana de no tener fe y de odiar lo m�s santo y sagrado. De �stos hay muchos y son los primeros en marchar, vociferar y acallar cualquier defensa.

 

El liberalismo manso es tan malo como el anterior, pero tiene la felon�a de procurar no parecerlo. Va a la Iglesia y coopera con sus hijos en todo, pero sus ideas, valores y deseos son contrarios a la esposa de Cristo y aunque han sido condenados formalmente por Ella, procuran actuar como si nada de eso existiera, como si fuera natural rebelarse contra Dios y esperar recompensa eterna por ofenderlo.

 

El cat�lico con �gustillo� a liberal es la �prudencia� encarnada. Estima mucho a la Religi�n, pero no le gusta que se la defienda con energ�a, sino que pide que se traten sus temas con suavidad. Tiene la palabra �fan�tico� en la punta de la lengua para los hijos de la Iglesia que la defienden y la olvida tan s�lo en presencia de Sus enemigos que la atacan. Lee las Sagradas Escrituras, las vidas de los santos y el Magisterio pontificio, pero escoge s�lo los textos m�s conciliadores, dulces y acaramelados. Cuando combate, apunta para dentro de la Ciudad de Dios y si acaso apunta hacia la del Maligno, dispara con tanta suavidad, que el enemigo ni se entera del ataque. Es partidario de la libre discusi�n de las ideas, pero se opone a que se advierta, condene o censure las malas y corre a buscar alg�n punto de raz�n en el enemigo. Borra de su vocabulario el concepto de pecado y lo reemplaza por el de mero �error�, suprimiendo la maldad de los actos humanos salvo cuando arremete contra los fieles.

 

Olvida que en Religi�n no hay neutros. �El que no est� conmigo est� contra M�, dice Nuestro Se�or Jesucristo. Cielo y tierra pasar�n, pero Sus palabras permanecer�n eternamente.

 

Que Dios nos conceda la gracia de ser siempre fieles, a�n en las condiciones m�s adversas y dolorosas. Que cada noche podamos reposar pensando con tranquila confianza que si el Se�or quisiera tratarnos como le tratamos ese d�a, podamos sentir gozo y confianza en Su Justicia.

 

Que Nuestra Se�ora bendiga a todos ustedes abundantemente y que los Santos �ngeles les guarden con sol�cita caridad. 

 

Cynthia Caden
Editora General | Revista Cristiandad.org
e-mail:

 

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� LA FUGA MILAGROSA | San Marcelino

 

 

 

 

TRAS HABERLES SOMETIDO A DIVERSAS TORTURAS, Sereno mand� encarcelar a San Marcelino a San Pedro en dos calabozos diferentes. Pero la misma noche de su entrada en prisi�n un �ngel visit� a San Marcelino y con su espada le rompi� las cadenas. Cuando estuvo libre de sus ataduras el �ngel le orden� que recogiese su ropa y fuese a la celda de su compa�ero. El �ngel rompi� tambi�n las cadenas de San Pedro y bajo su protecci�n salieron de la c�rcel. Ya en el exterior el �ngel los llev� a un refugio seguro y les cur� sus heridas. Cuando Sereno tuvo noticias de la inexplicable fuga descarg� sus iras sobre el carcelero.

San Marcelino naci� en Roma hacia mediados del siglo III. Era presb�tero y ejerc�a su ministerio con la ayuda del exorcista San Pedro. Fueron encarcelados y torturados por ser cristianos, pero milagrosamente liberados. Sereno los volvi� a capturar y finalmente fueron degollados a varias leguas de Roma, entre los a�os 299 y 303. Su festividad se celebra el 2 de junio.

 

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� ATRICI�N | Definici�n

 

 

 

 

LA ATRICI�N ES UNA CONTRICCI�N POR EL PECADO SIN motivo perfecto. Es tambi�n llamada "contrici�n imperfecta". Se trata de un dolor del alma y un odio del pecado cometido, con un prop�sito firme de nunca volver a pecar, pero que no est� basado en el puro amor de Dios a quien el pecado ha ofendido gravemente - lo cual ser�a una contrici�n perfecta - sino que se trata de un motivo inferior aunque a�n as� sobrenatural, tal como la p�rdida del cielo, o el castigo de infierno, o el desagrado por el pecado mismo.

Santo Tom�s recogi� y armoniz� en una doctrina coherente las opiniones doctrinales de su �poca sobre la atrici�n: Se trata de un don que, como explicamos, nos hace ver la fealdad del pecado y nos mueve a temer el infierno. Mueve hacia la conversi�n y dispone a la confesi�n, pero por s� misma esta contrici�n imperfecta no alcanza el perd�n de pecados graves. Necesita por tanto culminar en la Confesi�n.

El Concilio de Trento (Ses. XIV, iv). ense�� que la atrici�n es un don de Dios, un impulso del Esp�ritu Santo, el cual aunque todav�a no habita en el penitente, lo dispone para recibir la gracia en la confesi�n . El concilio utiliz� el ejemplo de los Ninivitas que, llenos de temor por sus pecados despu�s de la predicaci�n de Jon�s, hicieron penitencia y obtuvieron la misericordia de Dios.

 

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� SAN ALBERTO DE JERUSAL�N | 25 de septiembre

 

 

 

 

NACI� EN EL SENO DE UNA PROMINENTE Y RICA FAMILIA, en el a�o 1149, en Parma, Italia, como Alberto Avogadro. Fue bien educado, especialmente en teolog�a y leyes. Una vez ordenado, sirvi� como can�nigo de la Abad�a de la Sana Cruz en Mortara, Italia. Fue prior de la Abad�a, Obispo de Bobbio en 1184 y luego Obispo de Vercelli. Medi� en las disputas entre el Papa Clemente III y Federico Barbarroja, y por sus esfuerzos fue nombrado Pr�ncipe del Imperio. Fue tambi�n legado papal en el Norte de Italia. Negoci� la paz entre Parma y Piacenza en 1199. Ayud� a formular la Regla de San Brocardo y sus ermita�os. Esa Regla fue m�s tarde adoptada como la Regla de los Carmelitas, y as� San Alberto es considerado un cofundador de la Orden.

Fue Patriarca de Jerusal�n en 1205 bajo el Papa Inocencio III, una posici�n que generalmente llevaba a conflictos con los musulmanes, y al martirio. Como sus tierras se encontraban enteramente en manos de los sarracenos, estableci� su sede episcopal en Akka (Acre), donde se qued� alrededor de diez a�os.

Fue bien conocido por su involucramiento en materias de estado y de la Iglesia, y como pacificador de las facciones francas de su sede. Le invitaron a servir en el Concilio General Lateranense, pero fue asesinado antes de poder acudir. Lo mataron el 14 de septiembre del 1215. Fue apu�alado hasta morir en la Iglesia de San Juan de Acre durante la procesi�n de la fiesta de la Exaltaci�n de la Santa Cruz, por un enfadado administrador del hospital que �l se hab�a visto forzado a despedir.

Su festividad se celebra el 25 de septiembre, y el 8 de abril lo hacen los carmelitas. El Papa P�o XI, el 16 de diciembre de 1931 lo declar� Doctor de la Iglesia. Es el patrono de los estudiantes de ciencias naturales.

Oraci�n: Oh Dios, que, por medio de San Alberto, entregaste a la cristiandad una regla de vida evang�lica para alcanzar la perfecta caridad; conc�denos como a �l vivir generosamente en uni�n a Nuestro Se�or Jesucristo, y servirle fielmente hasta la muerte. Am�n.
siglos de los siglos. Am�n.

 

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� LAS CUATRO PLUMAS | �The Four Feathers�, Reino Unido, 2002 � 131 min.

 

 

 

 

FIDELIDAD, HERO�SMO, AMISTAD, LEALTAD Y PATRIOTISMO son s�lo algunas de las virtudes que la sexta puesta en escena del libro de A. E. W. Mason bajo la h�bil direcci�n del paquistan� Shekhar Kapur (Elisabeth, 1998).

La historia central permanece, pese a los cambios narrativos que desmejoran el relato en comparaci�n a las versiones previas. A cambio, asistimos a una intensidad descriptiva sin comparaci�n. Las batallas son vibrantes y muy bien logradas, conservando una fotograf�a (Robert Richardson, Oscar por JFK) y coreograf�a impecable pese a las duras exigencias de las escenas de cargas de caballer�a y luchas cuerpo a cuerpo o el ambiente militar y de sal�n de la Inglaterra victoriana.

La producci�n no pierde el encanto de una obra de la belleza � con los reparos que el buen cat�lico habr� notado en su lectura � como �Las Cuatro Plumas�. La pel�cula abre con la amistad de cuatro j�venes soldados ingleses. Harry (Heath Ledger) y Jack (Wes Bentley) son los mejores amigos que se pueda concebir� pero ambos aman a la noble Ethne (Kate Hudson), quien acepta en matrimonio a Harry. El drama comienza: Sud�n, colonia inglesa, estalla en una rebeli�n independentista y el destacamento de los protagonistas es llamado a combate. Harry vacila. Tiene miedo de abandonar a Ethne y teme por s� mismo. Tras una agon�a interna pide su baja del ej�rcito, neg�ndose a ir al combate. Sus amigos reprochan su falta de nobleza y le hacen llegar el s�mbolo de la cobard�a: una pluma blanca. Son tres plumas que desaf�an a su conciencia, a la que se agrega la cuarta pluma, de manos de su prometida. Los acontecimientos se trasladan al Sud�n, donde el infortunio azota al ej�rcito ingl�s. El protagonista aparece por esas tierras, haciendo acopio de un valor y arrojo admirable. Rescata a sus amigos a grandes costos y sacrificios personales. Su hero�smo lo redime hasta los niveles que revelar� la pel�cula en los vibrantes minutos finales.

El tono �pico y la excelente calidad visual hacen de esta pel�cula un banquete est�tico, que bien hace perdonar la debilidad del gui�n y la mala construcci�n narrativa (exceso de flash back) que esta nueva versi�n ofrece al espectador.

En resumen: una producci�n que mantiene el tono y sabor de una obra de �poca, haciendo relucir virtudes y concepciones de la vida ajenas a la cultura moderna. Recomendable para todo espectador, con advertencia de s�lo una escena inconveniente a menores (la sugerencia de intimidad entre una esclava y su amo) que bien podr�a haberse evitado o contextualizado de forma distinta, y que al suprimirse no hace perder en nada el argumento.

Sugerimos hacer notar especialmente la relaci�n padre/hijo del protagonista, el esp�ritu marcial, el compa�erismo en batalla, el hero�smo y sentido patri�tico, la noci�n civilizadora y los contrastes de belleza con la barbarie sudanesa. La tipolog�a psicol�gica de los personajes que tanto a costado dar a comprender a la cr�tica moderna no es un problema de la pel�cula: viene de la obra de Mason y es una cuesti�n cultural de las m�s interesantes que se pueda hacer notar por su choque frontal con la mentalidad posmoderna.

 

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� NUESTRA SE�ORA DE LA MERCED | Libertadora de los cristianos esclavos del Islam

 

 

 

 

SAN PEDRO DE NOLASCO, JOVEN NOBLE Y DE GRAN FORTUNA, nacido en Francia, se dedic� exclusivamente a socorrer a los pobres.

Impulsado por una fuerza superior, se traslad� a Espa�a, donde se dedic� a rescatar cristianos cautivos de los moros.

En la noche del 1ro. de agosto de 1218, encontr�ndose en oraci�n, tuvo el privilegio de que la Sant�sima Virgen se le apareciera vestida de blanco, acompa�ada de San Pedro y Santiago el Mayor, y le manifest� que eran deseos de su Hijo y el de Ella, que fundara la Orden Mercedaria o de la Misericordia con el fin de rescatar cautivos, especialmente al os que estaan m�s propensos a caer en la apostas�a, aunque fuera a riesgo o fuerza de quedar como rehenes.

Esta misma aparici�n tuviron el rey don Jaime el Conquistador y San Raimundo de Pe�afort, quienes estaban en Barcelona.

A la ma�ana siguiente se junt� el Rey con los dos santos y se comunicaron sus apariciones. En consecuencia, el 10 de agosto qued� fundada esta Orden y Su Santidad Gregorio IX la confirm� el 17 de enero de 1230.

San Pedro Nolasco mand� esculpir tres im�genes dandos sus indicaciones conforme �l vio a la Sant�sima Virgen y escogi� la que encontr� m�s parecida a la apairici�n y es la que se venera en La Merced de Barcelona, y que fue coronada el 8 de octubre de 1888 y es, por consiguiente, la imagen fundadora de la Orden.

Las gracias obradas por la Misericordia Divina de Dios, por medio de advocaciones de la Merced, son innumerables en todo orden de la vida.

Es un hecho reconocido por los m�s venerables padres de La Merced, que San Pedro Nolasco tuvo la dicha de haber sido favorecido con la aparici�n de la Sant�sima Viren, en el coro de la Iglesia de La Merced de Barcelona, que Ella se le manifest� y lo retuvo en sus brazos durante varias horas, como su hijo predilecto.

Tambi�n se cuenta que uno de los primeros santos que florecieron en esta Orden, el Padre Juan Molina, muerto en olor de santidad en 1652, fue agraciado con la aparici�n de la Sant�sima Virgen quien le revel� que hasta entonces ninguno de sus hijos (los mercedarios) hab�a sido condenado.

Mediante esta bendita Orden, ochocientos mil cautivos del islamismo han sido rescatados de su cautiverio, recuperando la libertad y la fe, mediante pago de precio de oro y aun a costa de la sangre de sus hijos.

 

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� LOS EBIONITAS | Siglo I

 

 

 

 

ESTA HEREJ�A PROCEDE, EN EL SIGLO PRIMERO, de la influencia de los judaizantes (deseaban interpretar el cristianismo seg�n el juda�smo sin tomar en cuenta correctamente la plenitud de la revelaci�n en Cristo). Llamados ebionitas, tambi�n llamados nazarenos a causa de su ideal de vida pobre y que, tomando como base un r�gido monote�smo unipersonal, negaron la divinidad de Cristo por ser incapaces de concebir una �nica sustancia divina en tres personas.

Los ebionitas se extendieron desde Persia hasta Siria. Utilizaban un evangelio especial, llamado "Evangelio de los hebreos", sobre cuya identidad precisa discuten en la actualidad los estudiosos. La herej�a de los ebionitas afirmaba que Cristo no es Dios, sino un simple hombre; las corrientes m�s moderadas, en cambio, admit�an tambi�n su origen divino.

Rechazaban las ense�anza de San Pablo y lo consideraban un ap�stata por haber traicionado el hebra�smo al haber colocado las ense�anza de Cristo por encima de la ley mosaica. Muchos ebionitas asumieron errores provenientes del gnosticismo, entre ellos Cerinto.

Cerinto, probablemente un egipcio jud�o, sostuvo, asumiendo elementos gn�sticos, que el mundo no hab�a sido creado por el Dios omnipotente, quien transcend�a todo lo existente, sino por un demiurgo inferior a �l que ser�a el Cristo. �l aceptaba solamente el Evangelio seg�n San Mateo y sosten�a que Jes�s era un ser humano nacido de Mar�a y Jos�, que hab�a recibido al "Cristo" en el bautismo como un tipo de virtud divina que le revelaba a Dios y le daba el poder de hacer milagros; esta virtud se apart� de su cuerpo en el momento de su muerte.

Las ideas de Cerinto y sus seguidores fueron rechazadas por la Iglesia. Seg�n San Ireneo en su Adversus omnes Haereses, San Juan escribi� su Evangelio para refutar los numerosos errores sostenidos por Cerinto.

 

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� SANTA BERTILLA | Abadesa

 

 

 

 

NACI� EN SOISSONS, FRANCIA, EN UNA FAMILIA NOBLE durante el reinado del Rey Dagoberto I. Fue amiga y disc�pula espiritual de San Owen.

 

Bertilla deseaba entrar a la vida religiosa, pero lo retras� y se preocupaba pensando que sus padres se opondr�an a su elecci�n; aunque no lo hicieron. Se hizo monja benedictina en el convento de Jouarre, Brie, Francia, una abad�a fundada por el hermano de San Owen, Ado, bajo la estricta regla de San Columbano.

 

Fue directora del colegio del convento. Priora y luego Abadesa de la abad�a de Chelles desde el a�o 646, cuando fue restaurada Santa Batildis, hasta su muerte. Durante este tiempo el convento atrajo monjas que inclu�an a una reina, varias princesas merovingias, y muchas mujeres nobles anglosajonas.

 

Falleci� hacia el a�o 703. Su festividad se celebra el 5 de noviembre.

 

V: Santa Bertilla

R: �Ruega por nosotros!

Avemar�a

 

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� FUNDAMENTALISMO ANTICLERICAL | De los Archivos de Revista Cristiandad.org

 

 

 

 

LA CRUENTA FEROCIDAD ANTICLERICAL EN M�XICO no se reduce exclusivamente al heroico pasaje de los cristeros. Ya en 1833 el concubinato de Santa Anna y G�mez Far�as inici� una espantosa campa�a anticristiana. Retirado el aut�crata a su Hacienda, G�mez Far�as suspendi� los votos mon�sticos y los diezmos, decret� la exclusi�n del clero de la ense�anza, suprimi� la Universidad de M�xico que era la m�s antigua de Am�rica y seculariz� y confisc� las misiones de California, fundadas por el Venerable fray Jun�pero Serra. Bajo su dictadura del terror, oblig� a las religiosas a abandonar sus conventos, priv� a los seminarios de sus rentas para evitar la formaci�n de nuevos sacerdotes y prohibi� todo tipo de peregrinaciones. Ante la fundada protesta de los obispos por estos atropellos y destrucci�n sistem�tica del legado de siglos de bien, Far�as decret� su inmediata expulsi�n.

 

La reacci�n popular y el cambio de giro de Santa Anna contra el terror jacobino son historia. Desde Nueva Orle�ns, Far�as y sus conjurados revolucionarios tramaron la independencia de Tejas someti�ndola a los Estados Unidos, para continuar un plan que contemplaba la fuerza armada que desterrara a la Iglesia y a los opositores al plan mas�nico-liberal, confiscar�an los bienes y propiedades eclesiales que ser�an vendidos para templos de otras religiones y se iniciar�a una reforma agraria y urbana que repartir�a las propiedades a los �pobres�, con el apoyo aliado de Estados Unidos. Pero si bien el plan sat�nico no pudo ser concretado en lo inmediato, sirvi� de base para las persecuciones que vendr�an a�os despu�s y que impondr�an un gobierno autocr�tico que durar�a d�cadas.

 

Un ejemplo del enceguecido furor anticlerical � que por consecuencia bordea lo est�pido y rid�culo - es el que hoy nos parece un pat�tico decreto contra la sequ�a, fechado en 1833, dictado por el alcalde mayor del departamento mexicano de Las Casta�as y publicado en el diario �La Libertad�:

 

�Art. 1. Si en ocho d�as desde la fecha no llueve abundantemente, nadie ir� a misa ni rezar�.

�Art. 2. Si la sequ�a dura ocho d�as m�s, ser�n quemadas las iglesias, conventos, capillas...

�Art. 3. Si tampoco llueve en otros ocho d�as, ser�n degollados los cl�rigos, frailes, monjas, beatos y santurrones.

 

Adem�s a�ad�a:

 

�Y por el presente se conceden facultades para cometer toda clase de pecados, para que el Supremo Hacedor entienda con qui�n tiene que v�rselas�.

 

En nuestros d�as no se persigue con menor furor a la Iglesia. El �nico cambio es la falta de hombr�a que les lleva a disimular su odio con maquillaje de tolerancia. Pero si protestamos ante los ataques se nos obliga al silencio. Si defendemos nuestros derechos se nos descalifica y acalla. Si exigimos el mismo respeto que se tiene hacia otras religiones o hacia razas o ideolog�as perseguidas, se nos niega aplastantemente. A veces con sonrisas, otras con la cara sin el maquillaje risue�o de la tolerancia.

 

Y cuando esa persecuci�n anticristiana se quita el camuflaje, saca los colmillos y aterra cuando no hace el rid�culo. Como en 1833, hoy en d�a tienen terror � por ejemplo - de mencionar en una declaraci�n escrita la innegable ra�z cristiana de Europa o hacen arrancar un monumento a los Mandamientos � fundamento elemental del Derecho occidental - en una sede legislativa estatal.

 

Pasa el tiempo y los perseguidores de la religi�n se comportan � y comportar�n - como por siglos hemos conocido la treta del Maligno: atacar a muerte a cara descubierta� o con guantes l�dicos y alegres.

 

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� NOVENA A SAN FRANCISCO DE ASIS | Comienza el 26 de septiembre

 

 

 

 

ORACI�N PARA COMENZAR TODOS LOS D�AS: Por la se�al de la Santa Cruz + de nuestros enemigos + l�branos Se�or Dios nuestro. + En el nombre del Padre, del Hijo y del Esp�ritu Santo. Am�n.

Bienaventurado Padre San Francisco, dirigid compasiva mirada desde el excelso trono de vuestra gloria y rogad por vuestro pueblo; por este pueblo que hab�is escogido para que en todo tiempo sirva delante de Vos en el ministerio del Se�or. As� sea.

A continuaci�n se reza la oraci�n correspondiente al d�a, y para terminar, la oraci�n final. 

D�a primero

 

Admirable Padre San Francisco, �ngel de paz y heraldo del Rey de reyes, que con vuestras virtudes sois una de las mayores glorias de la Iglesia, obtenedme por vuestras llagas y por vuestras grandezas, las virtudes propias de mi estado y la gracia que os pido, si es la voluntad de Dios. Padrenuestro, Avemar�a y Gloria.

 

D�a segundo

 

Glorioso Padre San Francisco, Arca de santidad y fundador de la Orden Ser�fica, por lo cual sois aclamado grandioso Padre de ingentes multitudes en vuestras tres Ordenes de Menores, de religiosas franciscanas y de terciarios, alcanzadme el menosprecio del mundo y el deseo de las cosas celestiales. Padrenuestro, Avemar�a y Gloria.

 

D�a tercero

 

Ser�fico Padre San Francisco devot�simo de la Reina de los cielos, de la que recibisteis inefables bondades y la proclamasteis Patrona de vuestras obras, obtenedme la filial devoci�n a la Inmaculada Virgen Mar�a en tanto grado como es la voluntad de Dios. Padrenuestro, Avemar�a y Gloria.

 

D�a cuarto

 

Sant�simo Padre San Francisco, imitador del Hijo de Dios y copia exacta de Jes�s, que por los copiosos dones de gracia que hab�is recibido y por vuestra semejanza al Divino Redentor sois llamado Nuevo Cristo, haced que imite vuestros ejemplos para copiar m�s exactamente a Jes�s, divino modelo de los predestinados. Padrenuestro, Avemar�a y Gloria.

 

D�a quinto

 

Pacient�simo Padre San Francisco, seraf�n abrasado y amante de la cruz, que fuisteis favorecido por Jes�s con la impresi�n de las sagradas llagas en vuestro cuerpo, alcanzadme que lleve incesantemente la cruz y haga frutos dignos de

 

penitencia. Padrenuestro, Avemar�a y Gloria.

 

D�a sexto

 

Maravilloso Padre San Francisco, modelo de la perfecci�n, que ocup�is en el cielo el lugar m�s elevado que perdi� el m�s alto de los �ngeles ca�dos, velad por vuestros hijos y devotos y haced que obtengan siempre las misericordias del Se�or con vuestra amable bendici�n. Padrenuestro, Avemar�a y Gloria.

 

D�a s�ptimo

 

Taumaturgo Padre San Francisco, que obr�is grandiosas maravillas en favor de los que se acogen a vuestro patrocinio y es vuestra eficac�sima protecci�n, lograd que se cumplan en mi las promesas hechas a vuestros hijos, de que ninguno se condenar�a vistiendo dignamente el h�bito, sino que obtendr�a la misericordia arrepinti�ndose de sus pecados. Padrenuestro, Avemar�a y Gloria.

 

D�a octavo

 

Devot�simo Padre San Francisco, que sois "el santo m�s amante del Sagrado Coraz�n de Jes�s, la v�ctima m�s identificada con El y el alma que se ofrece continuamente a la Justicia divina para obtener en El y por El misericordia para los pecadores y amor y gracia para las almas religiosas", acrecentad en mi el perfecto amor de Dios y del pr�jimo. Padrenuestro, Avemar�a y Gloria.

 

 

D�a noveno

 

Poderos�simo Padre San Francisco, auxilio de los que os invocan, que por querer de Dios libr�is del Purgatorio las almas de vuestros hijos y logr�is su entrada en el para�so, hacedme verdadero hijo vuestro, para que merezca siempre vuestra valios�sima protecci�n. Padrenuestro, Avemar�a y Gloria.

ORACI�N FINAL (para cada d�a)

Perfeccionad, Padre Ser�fico, la vi�a que vuestras manos han plantado y escuchad las s�plicas de vuestros hijos.

Padre m�o San Francisco, rogad y bendecid a vuestros hijos y devotos. Am�n.

 

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� EL DIVINO TESTAMENTO | San Pedro Juli�n Eymard

 

 

 

 

�CADA VEZ QUE ESTAMOS ANTE LA PRESENCIA DE LA EUCARIST�A debemos decir: Este precioso Testamento cost� a Jesucristo su Vida. Porque la Eucarist�a es un testamento, un legado que se hace v�lido s�lo a la muerte del testador. Nuestro Se�or as� nos muestra Su ilimitado amor, ya que �l mismo dijo que no hay mayor prueba de amor que la del que da su vida por la de sus amigos".

San Pedro Juli�n Eymard naci� el 4 de febrero de 1811 en La Mure, Francia, en una familia pobre durante el per�odo anticat�lico y anticlerical pos revolucionario. Fue ordenado sacerdote el 20 de julio de 1834 en la di�cesis de Grenoble, Francia Se uni� a los Padres Maristas el 20 de agosto de 1839. Era amigo de San Juan Mar�a Vianney. Fue Superior Provincial de la Sociedad de Mar�a en 1845. Al final de su vida se hizo m�s m�stico y entr� en mayor comuni�n con el amor de Cristo. Falleci� el 1 de aosto de 1868, y fue canonizado el 9 de diciembre de 1962 por S.S. Juan XXIII. Su festividad se celebra el 2 de agosto. Se imprimieron en ingl�s seis vol�menes de sus cartas personales, y nueve vol�menes de sus meditaciones.

 

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� LA ORDEN DE LOS SIERVOS DE LOS ENFERMOS (los Padres Camilos) | Fundada por San Camilo de Lelis

 

 

 

 

SAN CAMILO DE LELIS NACI� EL 25 DE MAYO DE 1550 en Bocchiavico, Abruzzi, N�poles, Italia. Era hijo de un oficial militar que hab�a servido en N�poles y en Francia. Su madre muri� cuando era muy joven, y su padre, poco interesado en su educaci�n religiosa, le llev� a pasar su juventud como soldado, luchando por los venecianos contra los turcos, y por N�poles. Durante esa guerra muri� su padre, y �l cay� gravemente enfermo.

Los dolores que ten�a por una �lcera en la pierna surgida en la guerra contra los turcos, le llev� a trasladarse al Hospital San Giacomo para los incurables, donde hubo de trabajar como enfermero a cambio de ser atendido y alimentado. No ha de haber sido muy buena su conducta entonces, dado que fue expulsado del centro ben�fico. A partir del a�o 1560 y hasta 1574, volvi� a empu�ar las armas para la lucha contra los turcos, formando parte del Ej�rcito veneciano. Acaso por los peligros que pas�, las escenas cruentas que vio, el dolor de los heridos y los horrores de las guerras, se dice que por aquellas fechas le asalt� el pensamiento de dedicarse a la vida religiosa. Pero la realidad es que cuando fue licenciado y volvi� a N�poles, olvid� prontamente sus buenos prop�sitos, para entregarse nuevamente a una vida de disipaci�n y diversiones. Beb�a mucho y se hizo un jugador empedernido hasta el punto que, en una partida de naipes, perdi� todo cuanto pose�a, incluso la camisa. Reducido a la m�s atroz miseria, perdidos los amigos que pod�an ayudarle y que al contemplar sus excesos se hab�an ido alejando de �l, busc� trabajo como pe�n en la construcci�n del monasterio capuchino de Manfredonia, y fue en esta �poca cuando su transformaci�n tuvo lugar.

Una exhortaci�n del guardi�n de aquel convento, fue el detonante que hizo cambiar su vida de forma radical. Su primera idea fue hacerse capuchino. Pero se le abri� una �lcera que padec�a en un pie, lo que le hizo abandonar las obras del convento, para ir a solicitar ser admitido en un convento de franciscanos, no lo consigui� y de nuevo volvi� a ingresar en el Hospital de San Giacomo, donde lo admitieron para que volviera a ocuparse del cuidado de los enfermos. Quien antes fuera un joven disipado, se revel� ahora como un enfermero abnegado que se desviv�a en el cuidado de los que sufr�an, haciendo frecuentes penitencias. D�a y noche atend�a a cuantos le necesitaban y se dir�a que no le preocupaba lo m�s m�nimo morir de agotamiento, o ser contagiado de alguna grave enfermedad. Atend�a a los moribundos y por aquella �poca fue cuando conoci� a San Felipe Neri, el cual qued� admirado ante la piedad del joven que, a�os atr�s, hab�a sido un empedernido pecador, y se convirti� en su sacerdote y confesor.

Cual ser�a su proceder que a los cuatro a�os de permanencia en el Hospital fue nombrado director del mismo, tal era su caridad. Para poder atender mejor su cometido, sigui� el consejo de San Felipe Neri y decidi� hacerse sacerdote, comenzando los estudios a la edad de treinta y dos a�os, asistiendo durante alg�n tiempo a las clases en un colegio de Jesuitas. Y tal fue el ardor con que se entreg� al estudio de la Teolog�a, que pudo salir airoso de cuantas pruebas fue sometido, y as�, en el a�o 1584, San Camilo fue ordenado sacerdote. Sus experiencias como jefe del hospital, le animaron a llevar a cabo un ensayo, una idea que llevaba en la mente tiempo atr�s, consistente en organizar una asociaci�n de enfermeros, cuyo objeto fuera el cuidado de los pacientes y que viviendo en mon�stica comunidad, se procuraran los medios para mantener su ben�fica labor.

De esta hermandad naci� la orden de los Cl�rigos Regulares para el cuidado de los enfermos, o Padres Camilos, como son conocidos en la actualidad. Los miembros de la nueva Orden hac�an voto de cuidar a los atacados por la peste, adem�s de los votos ordinarios. Cuando San Camilo, su fundador, muri�, la Orden contaba ya con 300 miembros y 200 hab�an muerto de contagio. Pero lo que es muy importante en la vida de este hombre es que introdujo mejoras trascendentales en lo que se refiere al cuidado de los enfermos, adelant�ndose a su tiempo. Procur� que se dedicara especial cuidado al r�gimen alimentario de los pacientes, siendo el primero que se preocup� de este punto tan importante en los hospitales. Cuid� asimismo de que los enfermeros fueran educados y ense�ados para su trabajo, no dejando absolutamente nada a la improvisaci�n, para lo cual reclam� el auxilio de expertos m�dicos, para que se dedicaran a ense�ar a los enfermeros la t�cnicas de la labor a la que iban a dedicarse. Jam�s se fi� de la memoria, ni toler� que ning�n enfermero lo hiciera, fijando a que todas las variaciones que en su dolencia iban teniendo los enfermos, fueran cuidadosamente anotadas, y que se cumplieran rigurosamente las prescripciones facultativas, y exigi� que los enfermeros rindieran cuenta e informaran al m�dico del estado de los pacientes, siguiendo las anotaciones que les orden� llevar. Hasta entonces, los pacientes hab�an estado alojados en enormes estancias, mal ventiladas y, por lo general, h�medas. San Camilo cambi� todo esto, haciendo que fueran alojados en salas bien aireadas y sobre todo, extremadamente limpias.

En al a�o 1607, aquejado de graves dolencias, San Camilo tuvo que suspender la direcci�n de los hospitales. Con los pies llenos de llagas y con terribles dolores producidos por c�lculos renales, a�n as�, se esforzaba en ir cama por cama, interes�ndose por el estado de los enfermos, y preguntando a estos qu� necesitaban. Su muerte se produjo en Roma el d�a 14 de julio de 1614.

El carisma de la Congregaci�n de los Siervos de los Enfermos es, pues, el dar asistencia espiritual y corporal a los enfermos en el hospital y en sus casas. La Orden - de Derecho Pontificio - se expandi� con casas en varios pa�ses, y la Curia Generalicia se encuentra en Roma.

 

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� ABC: LAS ARMAS DEL TERROR | Terrorismo internacional

 

 

 

 

QUE LA PRENSA INFORMA MAL ES UN SECRETO A VOCES. No en vano las encuestas de opini�n se�alan el destronamiento de la prensa en credibilidad. Sin embargo, siendo con frecuencia la prensa el �nico medio de informaci�n para las masas, no es raro que sea su opini�n la que las forme y su informaci�n la �nica disponible. Y as� cualquiera hace lo que quiere, como retrata magistralmente Orwell en su Ciudadano Kane.

 

Para el caso de Iraq y la guerra de occidente contra el terrorismo, esta prevenci�n viene de maravillas. La manipulaci�n de informaci�n ha llegado hasta niveles inauditos. Un ejemplo escandaloso lo tenemos en la descarada desviaci�n de atenci�n en el caso de Iraq, centrando la legitimidad de la reacci�n occidental en la existencia de armas de destrucci�n masiva en poder del dictador iraqu� y omitiendo la cuesti�n central que es el foco de protecci�n, financiamiento, entrenamiento y difusi�n terrorista desde la zona. Hay omisiones culposas e involuntarias: apuntamos a las culposas.

 

Pensar en las armas nucleares de destrucci�n masiva como la �nica evidencia � y justificaci�n � para temer a una potencia o grupo determinado es infantil y, por sobretodo, anticuado. La complejidad de las instalaciones as� como la l�gica de las operaciones terroristas dejaron desfasadas � si bien no descartadas � los recursos aparatosos de destrucci�n masiva.

 

La calificaci�n militar de armas de destrucci�n masivas utiliza una terminolog�a simple: ABC. Armas At�micas (o Nucleares y la sigla ser� NBC), Biol�gicas y Qu�micas. En estricto rigor son armas de guerra de naciones, pero la corrupci�n, las mafias, el apoyo de los pa�ses �rabes y el caos que cubri� a las naciones orientales con la llegada del comunismo, hoy en d�a est�n al alcance del terrorismo internacional.

 

Contrariamente a las nucleares que requieren grandes instalaciones, las armas biol�gicas y qu�micas son de simple acceso a los intereses del terror. Basta el espacio de un cami�n peque�o para producirlas y un par de t�cnicos especializados. Por eso es est�pido pretender encontrar instalaciones de armas qu�micas o biol�gicas con inspecciones por radar o recorriendo las principales instalaciones. Habr�a que paralizar y recorrer cada cent�metro de un pa�s, fiscalizando hasta las cacerolas. Por eso es pr�cticamente imposible encontrar pruebas o paralizar su fabricaci�n, m�xime si se cuenta con la complicidad de potencias amigas.

 

Dimensionemos el problema para ilustrar mejor. Imaginemos que el lector desea asesinar con crueldad a una poblaci�n determinada. Si desea una muerte lenta y dolorosa puede recurrir a un arma biol�gica. De esas que propagan enfermedades horrorosas en cuesti�n de horas. Se requerir�n unos 30.000 euros y al menos 2 operadores - 5 como ideal - mientras uno de ellos tenga formaci�n cient�fica siquiera a nivel de licenciatura. Como se ve, un presupuesto y una operabilidad al alcance de cualquier c�lula terrorista del mundo.

 

Si subimos la apuesta, con unas 10 personas y un presupuesto m�s alto, se pueden fabricar armas qu�micas. El atentado en Tokio en 1995 con gas sarin que intoxic� a 5.500 personas y cort� la vida de 12 fue ejecutado por la secta Verdad Suprema, cuya planificaci�n que no pudo ser detectada hasta el d�a del crimen. Caso similar es el del �ntrax en Estados Unidos, con su sembrado de terror y muerte sin aclarar.

 

Como puede comprender el lector, la envergadura y presupuesto que supone el terrorismo con armas de destrucci�n masiva son muy diferentes a las cifras contempladas por los ej�rcitos gubernamentales.

 

El terrorismo tiene en ellas sistemas discretos y m�viles, pr�cticamente indetectables. La prensa c�mplice, desviando la atenci�n hacia esquemas aparatosos y obsoletos, ridiculiza la acci�n defensiva y preventiva, m�s all� de faltar a los sentidos m�s elementales de seguridad, caridad y justicia.

 

El peligro nuclear sigue presente sin duda, pero no es menos cierto que requiere instalaciones, costos y coordinaciones de medios que escapan al alcance de la mayor�a de los grupos terroristas. Son demasiado complejas y detectables.

 

Las armas biol�gicas y qu�micas, adem�s de econ�micas y f�ciles de fabricar y transportar, implican medios de guerra psicol�gica mucho m�s poderosos que la muerte nuclear, m�s r�pida y destructiva. Aun m�s: con una baja dosis de material destructivo se obtiene un enorme resultado de muerte y terror. Y el medio de infiltraci�n a�n es m�s atemorizante, pues como en el caso de las armas B (biol�gicas) tan s�lo basta un �m�rtir de la causa� que se infecte y se mezcle con la poblaci�n para diseminar la carga mortal.

 

Ejemplos de esta disposici�n es la estrategia Siria en Iraq, con los atentados suicidas s�miles de los palestinos contra objetivos israel�es, por mencionar los m�s recientes. Sobran otros ejemplos en los casos de terrorismos etiquetados con diversas causas revolucionarias, as� como de complicidades y encubrimientos a los delitos por parte de poderes y prensa.

 

Pensar en que el terrorismo con la l�gica de la guerra es pensar mal o querer enga�ar. La guerra tiene una l�gica propia muy distinta a la del terrorismo. La guerra contra el terrorismo tiene, por tanto, una l�gica diferente a la guerra convencional, mucho m�s all� de que ciertos conceptos est�n tan obsoletos como los aparatos ideol�gicos de los amigos del Isl�n y de la cruz y el martillo.

 

El terrorismo avanza con el progreso tecnol�gico y busca, como los hackers, estar a la delantera de los organismos de inteligencia que intentan detener sus planes criminales. Por eso la lucha es m�s compleja. Cada vez es m�s complicada la detecci�n y no hay barreras suficientes para contenerlos. El apoyo es tan esencial como resulta criminal cualquier obstaculizaci�n a esta guerra. La modernizaci�n no debe ser exclusiva de los terroristas: la justicia, prudencia y caridad la exigen que de nuestra parte.

 

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� SANTUARIO DE NUESTRO SE�OR DE LA PIEDRA | Vila de �bidos, Portugal

 

 

 

 

CUNA DE LEYENDAS, EL CRISTO DE LA PIEDRA es un crucifijo sin par en Europa. En torno a �l se erige uno de los monumentos de arte barroco (1747) m�s bellos e importantes de la vida rural portuguesa. Fue construido a expensas de D. Tomas de Almeida, primer Cardenal Patriarca de Lisboa y del rey D. Juan V, gran devoto del Se�or de la Piedra.

Hasta hace algunas d�cadas, el Santuario era objeto de las devociones m�s populares y profundas. Las procesiones y peregrinos acud�an a �l para rogar por cosechas, curaciones y hasta para dar gracias por favores tales como haber sido salvados de naufragios, seg�n consignan los ex-votos que se leen en el santo lugar.

El acceso al interior del templo est� constituido por tres arcos: el principal que abre hacia el Altar mayor, y los dos laterales que dan hacia el altar dedicado a Nuestra Se�ora de la Concepci�n y para el altar de la Muerte del Glorioso Patriarca San Jos�.

Estructuralmente el templo est� concebido como un Calvario y toda su arte interior acompa�a la Pasi�n. dentro de sus tesoros, destaca un rico conjunto de paramentos bordados de oro y un c�liz de plata con las armas reales donados en acci�n de gracias por Don Juan V.

 

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� LA FALSA PIEDAD Y EL SERVICIO A DIOS  | Vida Interior

 

 

 

 

EL ESP�RITU DE CRISTO, QUE ES LA VERDAD Y EL BIEN ABSOLUTO, y el esp�ritu del mundo, que es la mentira y el mal, han formado aqu� abajo dos reinos, que tienen sus m�ximas, sus leyes, sus ciudades y sus ciudadanos. Estos dos imperios, el de Jesucristo y el de Satan�s, se han repartido toda la tierra, comprenden a todos los hombres. Tenemos, pues, todos los que pertenecen a Babilonia o a Jerusal�n, a Jes�s o a Belial, porque es imposible pertenecer a las dos ciudades a la vez, como lo es no ser de ninguna. Esta es la situaci�n de todos los hombres. En el exterior podemos tal vez vivir confundidos, como viven confundidas las plantas sanas con las venenosas; pero hay algo interior que nos distingue: el principio que nos mueve a obrar, las m�ximas que nos rigen, el evangelio que practicamos; y Dios, que no juzga por lo exterior, sino que mira al coraz�n, sabe bien qui�nes son los suyos, y qui�nes sus enemigos.

 

Es f�cil enga�arse a s� mismo y confiar en ciertas apariencias de bien, en ciertas devociones y rezos, hasta en la frecuencia de sacramentos; pero miremos, como Dios, a nuestro coraz�n, y veamos qu� amamos: si la cruz, o el mero placer; si nuestra gu�a es el evangelio de Cristo, o las m�ximas mundanas; si amamos el retiro de la oraci�n, o la disipaci�n mundana; si la modestia, o la ostentaci�n; si el recato en el vestir, o la loca tiran�a de la moda; en una palabra: si la cruz o el regalo; y as� veremos a qu� ciudad pertenecemos.

 

Hemos de recordar que dice el Evangelio, que no podemos enga�arnos, ni menos enga�ar a Dios, porque es imposible servir a dos se�ores. Esa es la pr�ctica de gentes que quieren unir lo irreconciliable, y la gran habilidad del mundo, que quiere ser se�or, igual�ndose con Dios, y dice a los suyos que es posible servirle a �l y servir a Dios; que todo tiene su tiempo, y que hay que dar al coraz�n y a la edad lo suyo. De aqu� ese esc�ndalo constante de la piedad y de la religi�n, de ver personas que se creen espirituales porque dan a Dios los desperdicios del mundo, y que en realidad no sirven a dos se�ores, sino a uno s�lo, es decir, al demonio, pues mientras van con el cuerpo y apenas con una parte de su coraz�n al templo y a la oraci�n, al centro de la profanaci�n y del mundo van con toda su alma. �Y creer�n que Dios se honra y se contenta con esos restos despreciables de lo que el mundo desde�a, y no m�s bien que se deshonra y ultraja! Es imposible esa alianza, y Dios prefiere mil veces a una apariencia de falsa amistad el odio franco de sus enemigos.

 

Porque un enemigo declarado es menos de temer que el disimulado o dudoso; porque del uno nos procuramos defender; pero como no desconfiamos del otro, quedamos expuestos a todas sus asechanzas.

 

Querer unir al mundo con Jesucristo, es ultrajar a Jesucristo. El mundo desear�a esa concordia, porque le resulta mucha honra y es el modo de enga�ar a los incautos; pero Jesucristo no la quiere, porque tal uni�n lo ultraja sobremanera.

 

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+ Crux Sacra Sit Mihi Lux + Non Draco Sit Mihi Dux +

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+ Salve Crux, Spes �nica!

+ In Hoc Signus Vincit!

 

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